Ésta es la primera historia “larga” que he podido terminar, porque normalmente se quedan a medias, así que esto ya es un logro para mí -^.^-

Antes de empezar, me gustaría avisar de que No es una historia realista :P no concibo una historia sin fantasía! (Para realidad, ya tengo mi vida :3 creo que una historia sirve para evadirse, vivir aventuras que no puedes vivir en la vida real).

En nada se parece a las grandes historias que tanto me gustan, es sólo un intento de imitación, pero he hecho lo que he podido, quizás pueda mejorarla más adelante…

Me hubiera gustado crear un cómic o algo así, pero no me he atrevido (Sobre todo porque así había más posibilidades de que se quedara a medias), por eso le iré añadiendo dibujos. Así es como yo me he imaginado a los personajes y los lugares, pero cada uno es libre darle el aspecto que quiera, claro.

En fin, espero que os guste (dentro de lo que cabe... jeje)

Adelante! -^.^-

lunes, 18 de junio de 2012

Capítulo 7. Declaración



Cada vez hacía mejor tiempo, aunque llovía bastante. Los días se iban haciendo más largos y cada vez había más que estudiar, se acercaban los exámenes finales.

David y Judith apenas tenían tiempo de dar un paseo, en cambio, a Alice no le importaban los exámenes, estaba segura de que su proyecto funcionaría y ella ya no estaría allí para cuando llegaran esas fechas. Había conseguido descubrir poco a poco el símbolo que abriría la puerta a su mundo, pero… le faltaba algo. Pasaba días enteros dando vueltas por la biblioteca intentando descubrir qué era, pero no lo conseguía.


Judith, David y Alice salían del instituto. Judith suspiró.

-Hoy no tengo ganas de estudiar, ¡llevo unas semanas que no salgo para nada! Creo que hoy voy a descansar… ¿Os apetece hacer algo esta tarde?

- Me apetece hacer de todo menos estudiar – Contestó David.

-¿Queréis venir a mi casa a ver una película o jugar a la Wii? Es viernes – Propuso Judith.

- Sí, hace tiempo que no hacemos nada de eso ¿Eh? Echo de menos las tardes muertas jugando a Zelda– Dijo David.

-Podéis venir a mi casa, así estaremos solos – Dijo Alice.

-Vale, me llevaré la Wii, las películas y los juegos ¡Por fin una buena tarde! – Dijo Judith contenta.


Al final, estuvieron toda la tarde jugando a la consola en la biblioteca de Alice, que siempre usaba como salón, compitiendo por ver quién mataba antes a los malos. Casi siempre ganaba David, era muy bueno usando el mando como si fuese una espada. Luego estuvieron cantando con otro juego de karaoke y riéndose visitando pueblos de otros jugadores en Animal Crossing.

-Bueno, ¿Cenamos? – Dijo Judith, ya bastante tarde.

- ¡Es verdad!, la cena – Dijo David riendo – Si no lo dices, ni me acuerdo.

-¿Voy a por una pizza al bar de la esquina? – preguntó Alice.

-Vale, te acompaño –Dijo David levantándose del sofá, pero Judith lo cogió de la mano.

-David… ¿Te puedes quedar conmigo? Es que quedarme sola en esta casa… tengo que admitir que me da un poco de yuyu – Judith parecía un poco avergonzada.

David se quedó callado sin saber qué hacer. Alice se dio cuenta de su compromiso.

-No te preocupes, está muy cerca. Vuelvo en un momento.

Alice salió de la biblioteca, cogió dinero del bolsillo de un abrigo que había colgado en el perchero y salió a la calle. Fuera no había nadie, la calle estaba vacía.

<<Cuando me vaya a mi mundo>> Pensó mientras caminaba <<Seguro que echaré de menos estos buenos ratos… siempre empiezas a divertirte cuando queda poco tiempo>>.

Cuando llegó a la pizzería, los camareros y algunas personas se le quedaron mirando, como de costumbre, aunque esta vez Alice iba vestida más o menos normal, quizás era por eso, ya la conocían y no estaban acostumbrados a verla con ropa “normal”.

Alice pidió la pizza y tuvo que esperar un rato mientras la hacían. Se preguntó qué estarían haciendo David y Judith solos. Al rato salió el camarero con la pizza y tres Coca Colas.

Cuando Alice llegó a su casa, cerró despacio la puerta y entró al pasillo que llevaba a la biblioteca. La bolsa de los refrescos se le escurría de las manos y tuvo que parar delante de la puerta para sujetarla mejor.

-David… - Oyó que decía Judith.

-¿Qué? – Le contestó David.

-Hay algo que quería decirte desde hace tiempo…

Alice, que iba a entrar, no pudo evitar quedarse en silencio detrás de la puerta. Sabía que no debía hacerlo, pero la curiosidad...

-¿Qué es?

Hubo silencio.

- Le verdad es que estaba esperando que tú me lo dijeras, pero… no puedo esperar más.

-¿A qué te refieres?

-Me da corte decírtelo, pero... me gustas.

Alice reprimió una exclamación. No se imaginaba a Judith diciéndole eso a David.

Al ver que David no decía nada, Judith siguió.

-Siempre has sido mi mejor amigo, pero desde hace un tiempo he empezado a verte como algo más que un amigo… ¿A ti te pasa lo mismo?

-No lo sé… - David era un poco tímido a veces y se notaba que esa situación le resultaba realmente incómoda. Empezaban a arderle las mejillas.

Judith se acercó a David, se sentó a su lado y luego se inclinó hacia él, despacio, cerrando los ojos hasta posar sus labios sobre los de David. Él no se apartó, cerró también los ojos y le respondió con ternura. Cuando se separaron, los dos se ruborizaron y Judith rió nerviosamente.

-David… ¿Te gustaría que fuéramos… novios?

Alice aguantó la respiración, ¿Qué le diría? De alguna manera, ya lo sabía. No había visto lo que acababa de pasar, pero se lo imaginaba.

David dudó un momento.

-Sí – Dijo finalmente.

Un nudo se formó en la garganta de Alice y empezó a notar que se le humedecían los ojos. Sí, David le gustaba, no había querido admitirlo pero ahora se daba cuenta; era inútil luchar contra los sentimientos.

Dio media vuelta, alejándose de la biblioteca y volvió al portal sin hacer ruido. Allí, dejó la bolsa en el suelo, abrió la puerta de la calle y la volvió a cerrar, ésta vez más fuerte para que David y Judith pudieran oírla y creyeran que Alice acababa de entrar. No quería que supieran que había estado escuchando, era más fácil así. Se secó los ojos con la manga de su camiseta, cogió la bolsa y volvió a la biblioteca, esta vez sí entró.

-¡Hola! Ya estoy de vuelta– Dijo sonriendo al entrar.

-Hola – Respondieron David y Judith al unísono.

Alice se acercó a la mesa y soltó la pizza y la bolsa de los refrescos, luego se sentó en el sillón. Judith alargó el brazo y abrió la caja de la pizza mientras Alice sacaba su Coca-Cola de la bolsa y la abría.

-Mmmm ¡Qué bien huele! – Exclamó Judith.

Estuvieron cenando mientras veían una película, que no les dio tiempo a acabar porque ya era muy tarde y David y Judith tenían que irse. Cuando se despidieron, ya en la puerta de la calle, y Judith dio media vuelta para irse, pareció acordarse de algo, y con una amplia sonrisa, se volvió de nuevo y miró a Alice.

-¡Ah! ¿Sabes qué? – Dijo Judith contenta. Alice ya se imaginaba qué iba a decirle - ¡David y yo estamos saliendo!

-¿Sí? – Dijo Alice fingiendo sorpresa. No tenía práctica en fingir, pero fue creíble. Miró a David como esperando una confirmación por su parte, éste se sonrojó, sonrió tímidamente y asintió – ¡Eso es genial! Espero que os vaya muy bien.

Judith asintió complacida.

-Bueno, ¡hasta pronto! – Dijo ella cogiendo a David de la mano y alejándose con él.

Alice se quedó sola en la puerta con la mirada triste y perdida entre la hierba del jardín, luchando contra las lágrimas que pugnaban por salir. Era una sensación extraña; por una parte, sentía rabia, como si hubiese perdido una partida, pero por otra parte se sentía algo aliviada, así sería más fácil… sabía que aunque no hubiera estado Judith allí, ella nunca le hubiera dicho nada a David, a pesar de su lanzada personalidad. Sin embargo, la rabia y la tristeza eran más fuertes que el alivio… otra vez volvía a sentir como si no encajara allí, como si no fuera lo suficientemente buena para gustarle a nadie… ni siquiera a sus padres.
Un dibujillo del capítulo 6!   Alice bajo la lluvia   :3




miércoles, 2 de mayo de 2012

Capítulo 6. Días de Lluvia


Alice caminaba hacia el instituto chapoteando con sus botas rojas sobre los cientos de charcos que había en el suelo. Era increíble cómo llovía. Levantó un poco su paraguas (Adornado con unas orejas de gato en la parte superior) y miró hacia el instituto, al final de la calle. Apenas se veía con la lluvia tan fuerte. Alice aceleró el paso, aunque ya, de poco servía. Estaba calada hasta los huesos, a pesar del paraguas, llevaba el abrigo completamente empapado. Gruesas gotas de agua caían por su flequillo.

Cuando entró en su clase, unos segundos antes de que tocara el timbre, se quitó el abrigo y se escurrió el vestido, haciendo caer un chorro de agua al suelo. La profesora se llevó las manos a la cabeza. Siempre hacía lo mismo (Por eso, ya tenían la fregona preparada en un rincón).

Durante la clase, Alice no dejó de mirar por la ventana. Le gustaba ver llover, no podía evitarlo a pesar de que ya aburría un poco. Levaba lloviendo una semana casi sin parar. Era abril y, aunque aún quedaba algo de nieve en algunos rincones, se notaba que el invierno estaba acabando.

Al salir de clase, ante la sorpresa de todos, dejó de llover y el sol empezó a asomar entre las nubes. David, Judith y Alice caminaban juntos hacia sus respectivas casas.

-¡Todos los días me entra la risa cada vez que llega Alice empapada y deja el charco de agua en el suelo! – Comentaba Judith animada – ¡Con solo ver la cara que pone la profesora…! ¿Qué haces para llegar así de mojada?

- Vivo lejos del instituto – Contestó Alice encogiéndose de hombros – A mí nadie me lleva en coche.

David se paró en el cruce donde Judith se separaba para ir a su casa.

-¿Y si aprovechamos que ha salido el sol para dar un pequeño paseo antes de volver a casa? – Propuso David mirando a Judith, quien negó con un movimiento de la cabeza.

-Es que hoy tenemos mucho que estudiar, David, no me gusta que me anochezca estudiando, tengo que irme ya.

Antes de que él dijera nada, se despidió sonriendo y se marchó por la calle.

-Pues yo no tengo ganas de estudiar, cada vez que abro el libro empiezo a pensar que pronto tendré que elegir una carrera y empiezo a agobiarme… - Comentó David mirando cómo Judith se alejaba.

-¿Damos nosotros un paseo? – Preguntó Alice. Ella tampoco tenía ganas de volver a casa.

-Por mí, de acuerdo. Podemos ir a los prados, seguro que están bonitos.

Alice asintió.

David no se había equivocado. Eran preciosos, casi toda la hierba había crecido ya y pequeñas florecillas azules asomaban entre ella.

Alice se paró, abrió su mochila para sacar su cámara de fotos y sacó una foto a David, que caminaba unos metros delante de ella. Al oír el ruido de la cámara, éste se volvió y sonrió.

-Eh, vamos a ver el río, tiene que estar enorme – Dijo él.

Alice guardo rápidamente la cámara en su mochila, se la colgó a la espalda sin ni siquiera cerrarla y siguió a David trotando.

En los prados que había cerca del pueblo, solía haber animales pastando, pero por allí pasaban las vías de un tren y los pastores no solían soltar allí sus animales por miedo a que el tren, aún de los antiguos, los atropellara. Más allá de las vías había un barranco por el que discurría un río, que por esas fechas bajaba muy lleno de agua.

Alice y David se acercaron a verlo. Había un gran desnivel en el terreno, abajo había un bosque de pinos y robles. Se oía el agua, pero los árboles no dejaban ver el río.

-Si pudiéramos bajar… - Dijo Alice mirando abajo.

-Estaría bien, pero luego no podríamos subir. Esto está muy empinado.

-Ya…

Una gota de agua fría le cayó a Alice en la nariz y miró hacia arriba. No se habían dado cuenta y el cielo había vuelto a cubrirse de nubes.

-Será mejor que nos vayamos rápido, vamos a terminar como una sopa – Dijo David dándose la vuelta. Pero antes de cruzar las vías, se detuvo – Viene el tren.

El tren se veía a lo lejos, venía muy rápido. La lluvia empezó a caer más fuerte.

-Mejor que crucemos ya, rápido – Dijo mirando a Alice, que asintió. Luego cruzó las vías rápidamente.

Alice le imitó, subió y cruzó rápidamente. Al bajar, dio un saltito y notó que algo se caía de su mochila, que había dejado abierta antes. Miró hacia atrás. Un cuaderno negro con el título “Alices’s World” en la portada yacía sobre las vías, mojándose. El corazón le dio un vuelco.

<<Oh, no>>.

El tren ya estaba muy cerca, no debía arriesgarse a ir por él.

<<No, no ¿Qué hago? ¿Debería cogerlo?>>.

Miró rápidamente hacia atrás.  David seguía caminando, no parecía haberse dado cuenta de la situación. Volvió a mirar el cuaderno; quería ir a cogerlo, pero algo le decía que no debía hacerlo.

<<No me puedo quedar mirando, ¡Es mi mundo!>>.

El tren estaba casi encima y, en un momento de desesperación, Alice se lanzó a las vías para recuperar su cuaderno, creyendo que le daría tiempo a salir, pero no fue así. El tiempo pareció ralentizarse. Alice agarró el cuaderno y, al levantar la cabeza, vio que tenía el tren justo delante. Intentó correr, pero estaba paralizada.

<<No me da tiempo, ya está aquí>>.

Era irónico, siempre le había dado rabia cuando los personajes de sus libros se quedaban quietos ante el peligro sin hacer nada, y ahora ella estaba haciendo lo mismo.

Lo único que pudo hacer fue apretar el cuaderno contra su pecho y cerrar los ojos tan fuerte como pudo, esperando la embestida… pero algo que no era el tren se abalanzó primero sobre ella, apartándola bruscamente del camino del tren.

Alice, aún con los ojos cerrados, notó la hierba y las piedras arañar su cara, mientras rodaba por el suelo; después notó que caía al vacío. Abrió los ojos. Vio las ramas de los pinos acercarse más y más, hasta que acabó cayendo sobre ellas, en una nube de púas, crujidos y arañazos. Estuvo unos segundos suspendida sobre una rama, que pronto se partió con un crujido y Alice cayó al suelo, hincándose algunas piedras en las costillas. Por suerte, el suelo estaba cubierto de helechos y hojas secas y el golpe no fue tan fuerte.

Pocos segundos más tarde, David cayó también de entre los árboles a su lado.

Alice se incorporó, frotándose la frente con una mano. Con la otra, aún sujetaba su cuaderno.

-Ay…

David también se levantó, con una mueca de dolor y miró a Alice, luego, su expresión se volvió furiosa.

-¿¡Eres tonta o qué!?¿¿¡¡Pero en qué pensabas!!?? – Gritó.

Alice no sabía qué decir, parecía muy enfadado; nunca le había hablado así.

-Yo… - Miró su cuaderno, avergonzada.

-Ese maldito cuaderno otra vez… ¿¡Tan importante es para ti!? ¿¡No entiendes que tu vida es lo primero!? – David la miraba mientras gritaba, sus ojos oscuros estaban llenos de rabia. Alice nunca lo había visto perder los papeles de esa manera - ¡¡No importa cuán valioso sea algo, si pierdes tu vida, lo perderás todo!! ¿No puedes entender eso?

-Perdona… - Dijo Alice con voz débil. El ver a David tan enfadado con ella le daba ganas de llorar.

El rostro de David se ensombreció y se dejó caer de rodillas al suelo, con la cabeza gacha. Alice se sentó a su lado y se dio cuenta de que una gota descendía por su mejilla, no supo si era una gota de lluvia o una lágrima. Se quedó mirándolo sin saber qué decirle, no era propio de ella quedarse sin palabras. 

-¿Te… pasa algo?

Él tardó en contestar.

-No pasa nada… - Le temblaba la voz.

Sí, sí que le pasaba algo, pero Alice no dijo nada más, se sentía culpable.

-Cuando te he visto en las vías… - Empezó David al rato – y el tren a punto de… - Se quedó sin habla un momento – Yo tenía una hermana pequeña… veníamos a jugar aquí en verano. Un día su pelota cayó a la vía… y ella fue a cogerla cuando pasaba el tren – Sollozó – No me dio tiempo a hacer nada…

Alice sintió unas ganas tremendas de abrazar a David, de intentar consolarlo… y lo hizo. Soltó el cuaderno y lo rodeó con los brazos. Él pareció sorprenderse al principio, pero luego abrazó también a Alice, quien notó latir su corazón, agitado, como si hubiese estado corriendo.

Así se quedaron los dos un rato, mojados y llenos de barro, arrodillados entre los helechos.

David notó que el pequeño cuerpo de Alice tiritaba bajo sus brazos. La lluvia era fría y ya le goteaba por el cabello. Se levantó, frotándose los ojos con el dorso de la mano, intentando eliminar restos de lágrimas de sus ojos. Se sentía idiota por haber perdido el control así delante de Alice.

-Pero ya no importa. Eso pasó hace mucho tiempo – Dijo David, tendiéndole la mano a Alice para ayudarla a levantarse – Vámonos.

Ella le cogió la mano y se levantó, luego caminó hacia la ladera por donde habían caído. Era alta, completamente vertical y la piedra lisa.

-¿Cómo subimos ahora? – Preguntó Alice.

-¿No tenías ganas de bajar? Pues ya estamos abajo – Contestó David acercándose – Tú tampoco tienes aquí el móvil ¿Verdad? Vamos a tener que caminar hacia arriba hasta llegar a un lugar donde el desnivel sea más bajo y podamos subir.

Así lo hicieron, caminaron entre los enormes árboles y matorrales varias horas; bajo la lluvia, que no cesó en ningún momento. Hasta que llegaron, como había dicho David, a un lugar donde pudieron subir al nivel superior desde donde habían caído, pero ahora estaban muy lejos del pueblo y ya era de noche. Aún así, siguieron caminando casi a tientas.

Ya estaban en el cementerio del pueblo cuando oyeron un crujido de ramas tras ellos.

Los dos se volvieron rápidamente. Detrás de un árbol, un lobo los observaba con ojos luminosos. Alice y David dieron un paso hacia atrás, hasta que sus espaldas tocaron la lápida que tenían detrás. Otros dos lobos aparecieron tras el primero.

-¿Qué hacemos? – Preguntó Alice en voz baja, estaba muy nerviosa y asustada – Vamos a salir corriendo.

Puso una mano encima de la lápida, preparada para saltarla, pero David la sujetó del brazo.

-No corras – Dijo, también en voz baja – Fíjate en los lobos, no avanzan, están esperando a ver qué hacemos. Los lobos suelen temer a los humanos. Si sales corriendo, les das a entender que eres más débil, que no eres peligrosa e intentarán atacarte. Y no pensarás que puedes correr más rápido que ellos ¿No?

-Bien ¿Y qué propones que hagamos? ¿Nos quedamos así toda la noche a ver si se aburren y se van?

David no dijo nada, se agachó despacio y cogió un palo grande del suelo, luego lanzó un gritó y se lanzó corriendo hacia los lobos, con los brazos en alto. Ante la sorpresa de Alice, los lobos retrocedieron y al ver que David seguía acercándose sin miedo (Aunque en realidad tenía bastante), salieron corriendo hacia el bosque, momento que aprovechó David para volverse rápidamente, soltar el palo y coger a Alice de la mano, tirando de ella.

-¡Ahora! ¡Vamos!

Y corrieron de la mano tan rápido como podían, sin mirar atrás, sorteando las tumbas hasta que llegaron al pueblo. Se detuvieron en el cruce donde se separaban sus caminos. Alice le sonrió a David.

-Ha sido emocionante, lo más emocionante que he hecho en mi vida.

-¿¡Pero qué dices!? ¿Te parece emocionante todo lo que nos ha pasado? ¡Casi no lo contamos! Y no hablemos de la que me espera cuando llegue a casa…

-Entonces, ¿preferirías haber estado en tu casa aburrido contando las pelusas del suelo? ¿No me digas que no te sientes bien al pensar: “Toma ya, he tenido más suerte que un tonto, podría haber muerto, pero estoy aquí y ahora tengo historias interesantes que contar”? – Alice cruzó los brazos inquisitivamente – Además, está bien hacer cosas diferentes de vez en cuando ¿No?

David rió, ¡Alice decía unas cosas…! Aunque, pensándolo bien, sí que tenía algo de razón. David intentó mirar al cielo, pero la lluvia le molestaba en los ojos y se lo impidió. De nada servía ya intentar refugiarse de ella, estaban calados hasta los huesos.

- Bueno, me voy, a ver qué me encuentro cuando llegue a mi casa.

-Adiós – Alice se dio la vuelta y se alejó chapoteando en los charcos, parecía contenta.

Cuando David llegó a su casa, la puerta estaba entornada. Entró en silencio, dejando charcos de agua por donde pasaba y al llegar a la puerta del salón encontró a sus padres con cara de preocupación y a unos cuantos vecinos sentados en el sofá. Su madre, que estaba al lado de la ventana, miró hacia la puerta y vio a David, mojado, lleno de barro y arañazos.

-¡¡¡David!!! – Fue hacia él rápidamente y se paró en frente de él, tocándole la cara y mirándolo de arriba abajo. Los vecinos volvieron la cabeza hacia ellos y su padre se acercó también - ¡¡David!! ¿¡Pero qué te ha pasado!? ¿¡De dónde vienes!? ¿¡Dónde has estado!?

<<A ver qué me invento yo ahora… y para colmo, los vecinos delante>> Pensó David con fastidio.

-Es que… - Empezó a decir, pero se dio cuenta de algo.

<<Bueno, ¿Y por qué debería mentir? Tengo la manía de no decir nunca lo que he hecho en realidad… creo que debería aprender de Alice, lo dice todo y hace lo que quiere sin importarle lo que piensen los demás. Además, no he hecho nada malo…>>.

Al final optó por contar lo que les había pasado, la verdad. Le costó un poco convencer a sus padres de que estaba perfectamente, que no le había pasado nada grave. Los vecinos se fueron yendo. David se duchó y después pudo por fin descansar entre las cálidas sábanas de su cama.

Al día siguiente no fue a clase porque estaba muy cansado y tenía un buen resfriado, al igual que Alice. 

viernes, 6 de abril de 2012

Capítulo 5. Amigos de nuevo


Alice abrió los ojos. Se dio la vuelta en la cama y miró el reloj de bonito diseño que había en la mesita. Eran las nueve de la mañana y no había instituto, ya habían dado las vacaciones de Navidad. Hacía frío y se quedó un rato más en la cálida cama con las sábanas hasta la nariz. Desde allí se veían los copos de nieve caer lentamente por la ventana. Hacía ya días que el pueblo estaba totalmente nevado y seguramente, así sería hasta que llegara la primavera.

Se levantó de la cama y fue a la cocina donde no encontró gran cosa para desayunar así que, sin siquiera cambiarse de ropa, salió con su largo camisón blanco a comprar algunos churros a la cafetería que había al final de su calle. Las miradas y cuchicheos de la gente era algo que no le importaba, al fin y al cabo, no influían en nada; cuando lo que pensara la gente se transformara en flechas asesinas, entonces empezaría a preocuparse.

Después de desayunar, estuvo escribiendo un rato en su libro, añadiendo a su mundo detalles para hacerlo más hermoso, fijándose en la nieve que caía tras la ventana o en los miles de destellos que se veían en la superficie del río, efecto de la luz del sol de la mañana. No aguantó mucho rato escribiendo, desde el día en que discutió con David, cada vez que abría el libro se acordaba de aquello y las ganas de seguir escribiendo desaparecían. Al final terminó haciéndose unos largos en la piscina climatizada. Era agradable nadar en el agua tibia mientras se veía la nieve caer tras los cristales del invernadero.

Unas horas después, ya al medio día, el teléfono sonó mientras Alice leía en la biblioteca, sobresaltándola. Nunca solían llamar al teléfono.

-¿Quién es? – Dijo Alice al descolgar el teléfono.

- ¿Alice? – Preguntó una voz de chica que le resultaba familiar.

-Sí.

-Soy Judith.

-Ah, hola ¿Qué quieres?

- Verás, voy a ir con mis padres tres días a Madrid, a ver museos y eso, y como me resulta aburrido, he pensado que podéis venir e ir nosotros al parque de atracciones de Madrid, dormiremos en un hotel ¿Qué te parece? David viene también.

-¿David?

-Sí, nos lo pasaremos genial.

Alice tardó un poco en contestar, quería ir, le encantaría ir, hacía tanto tiempo que no salía de aquel pueblo, pero iba David y eso significaba pasar esos dos días bajo una atmósfera tensa y molesta, no quería estar así todo el tiempo…

-Sí, iré – Contestó sin darse cuenta, como si su boca hubiese actuado por su cuenta, luego se arrepintió.

-¡Perfecto!, ven pasado mañana a mi casa sobre las siete de la mañana, trae todo lo que vayas a necesitar.

-Vale, hasta entonces.

-¡Adiós!

Al colgar el teléfono se llevó las manos a la cara ¿Qué había hecho? Ahora tendría que aguantar la presión durante esos dos días. Si David hubiese sido otra persona, habría podido ignorarlo perfectamente, era lo que llevaba haciendo toda su vida con la gente, pero él tenía algo especial, de alguna manera, Alice no aguantaba que él la ignorase más tiempo, tenía que hacer algo. Y no pensaba quedarse sin viaje por su culpa.

 No paró de darle vueltas en toda la tarde, incluso tardó en conciliar el sueño cuando se acostó por la noche.

Al día siguiente a las diez de la mañana, Alice estaba en el mirador que había cerca de la casa de David. Seguramente él quedaría con Judith, como todos los días y para ir a su casa siempre le gustaba pasar por allí, tarde o temprano lo encontraría.

No se equivocó, al cabo de un rato, vio a David desde lejos caminando tranquilamente hacia allí con las manos en los bolsillos de sus pantalones negros. Cuando la reconoció, Alice pudo notar su sorpresa a pesar de que él no solía mostrar demasiado sus emociones. Él intentó pasar de largo, pero Alice se le colocó delante, cortándole el paso con mirada desafiante.

-¿Qué es lo que quieres? – Preguntó él de mala gana, mirándola con sus serios ojos oscuros.

-Que dejemos ya las tonterías.

David no dijo nada.

-Judith te ha dicho lo del viaje ¿No? – Preguntó Alice cruzando los brazos – Yo también voy a ir y, sinceramente, no me lo pasaré bien si seguimos enfadados, me molesta la atmósfera tensa que hemos tenido estos últimos meses ¿No te parece que ya es hora de dejarlo? Y no digas que a ti no te molesta porque no me lo creo.

David estaba sorprendido, no sabía qué decir. Alice era tan directa.

-Bueno… yo… - Ésta vez no pudo esconder su sorpresa. Luego se puso serio y casi sonrió – Tienes razón, yo también estoy cansado.

Alice le tendió la mano a David y él se la estrechó.

-Siento lo que te dije aquel día – Dijo Alice.

-Yo también.

Nadie dijo nada sobre el supuesto mundo de Alice.

Después, los dos juntos fueron a casa de Judith y todos pasaron la mañana entre risas, juegos de mesa y videoconsolas.

…


Era el día del viaje a Madrid. Alice se había despertado a las 4 de la mañana cuando aún faltaban horas para el amanecer. Había estado pensando qué podía ponerse para el viaje, hacía tiempo que no salía de aquel pueblo y le hacía mucha ilusión, al final se había decidido por un vestido corto azul con una pequeña capa verde, unas botas negras, unos calentadores y un gorro a juego. Luego estuvo metiendo algunas cosas en un bolso, cámara de fotos, algunos cambios de ropa, dinero… y al final tuvo que pelearse con el bolso para lograr cerrar la cremallera. También le dejó comida de sobra a Yuki, la gatita blanca que encontró David.

A las siete menos cuarto ya bajaba corriendo su calle. Se le hacía difícil correr con el bolso a cuestas, pero estaba demasiado impaciente como para ir andando. El sol estaba saliendo en ese momento tras las montañas.

En casa de Judith había mucho ajetreo. No tuvo ni que llamar al timbre. El coche estaba frente a la casa con el maletero abierto y los padres de Judith entraban y salían con bolsas, maletas y demás.

-Ah, hola Alice – Le dijo el padre de Judith que salía de la casa con un mapa en la mano al ver a Alice en la puerta – Pasa, Judith está en el salón.

Alice se dirigió allí, donde encontró a Judith sentada en el sofá con pinta de aburrimiento. Judith se alegró al verla. Estuvieron un rato hablando hasta que llegó David y sus padres terminaron de dar vueltas.

Un rato después estaban todos en el coche camino a Madrid. Al principio, estuvieron charlando sobre qué iban a hacer y en qué atracciones se iban a montar, pero al cabo de un rato el cansancio pudo con ellos y acabaron durmiendo los tres. Los padres de Judith los miraban de vez en cuando y se reían.

…

Los días en Madrid pasaron rapidísimo. Los dos primeros días, Alice, Judith y David estuvieron en el parque de atracciones todo el día de un lado a otro, probando todas las atracciones y divirtiéndose sin parar. Alice se lo estaba pasando de maravilla, aunque a veces se sentía un poco apartada… o quizás era su imaginación; David y Judith hablaban y bromeaban con ella, la tenían en cuenta, pero…

<<Están siempre tan juntos…>> Estaba pensando Alice mientras esperaba a que llegase el próximo vagón de la montaña rusa. David y Judith se habían montado en el anterior, los asientos eran de dos en dos. De algún modo, sentía algo de envidia <<Supongo que es normal, llevan juntos mucho tiempo… a mí hace apenas unos meses que me han conocido>>.

El tercer día estuvieron con los padres de Judith viendo un musical de La Bella y la Bestia que a todos les gustó mucho. Durmieron una noche más en el hotel Emperador, en el que habían reservado la habitación, cerca de la Gran Vía – Judith no había parado de cantar el número del bloque, planta y habitación para que no se le olvidase << ¡Cinco, cuatro, cero, nueve!>> ¡Como para quitárselo de la cabeza!-  y al día siguiente, tras dar un paseo por Madrid, volvieron a Galicia. Fue un viaje genial.

…


Nochevieja. Alice estaba de rodillas sobre el sofá de la biblioteca, mirando ensimismada por la ventana. Todo el pueblo estaba adornado con luces de colores que parpadeaban por todas partes alegrando la oscuridad de la noche. Quedaban apenas unos minutos para las campanadas y no había nadie en la calle. Seguramente todo el mundo estaba en su casa, pasando los últimos minutos del año con su familia cantando villancicos y todos contentos. Alice no echaba de menos eso, porque nunca había estado con su familia en Nochevieja. De pequeña, sus padres siempre habían estado de negocios y había pasado esa noche con su niñera o algún vecino.

Empezó a sonar el reloj de la plaza con sus características campanadas que Alice estaba harta de escuchar. Aburrida, se desplomó en el sofá mirando la tele de plasma que había entre los libros de la estantería de enfrente. Siempre estaba apagada, y ese día no era una excepción. Seguro que en todas las cadenas ponía “¡Feliz año nuevo!” o cosas por el estilo, pero a Alice no le importaba. Miró el cuaderno negro donde estaba escribiendo “su mundo” que descansaba encima de la mesa. Pronto desaparecería de ese mundo ¿Qué importaban los años, entonces?

-Feliz año nuevo, Yuki – Dijo Alice en voz baja mirando a la gata blanca que dormitaba a su lado – Quizás a ti sí que te importe eso.

Yuki hizo un ruidito, como un gemido y siguió durmiendo. Al rato, Alice también se quedó dormida.

<<¡¡¡DIIIIN DOOON!!!>>

-¿Eh? – Alice se frotó los ojos despacio mientras se incorporaba.

<<¡¡¡DIIIIN DOOON!!!>>

Era el timbre. Se levantó y fue a abrir la puerta, aún adormilada. Al hacerlo, el frío consiguió que se despertase del todo y vio a dos personas conocidas en la puerta.

-¡¡¡FELIZ AÑO NUEVO!!! – Gritó Judith – Voy a pasar ¿Vale? Aquí fuera me estoy congelando – Dijo mientras se colaba por la puerta. Llevaba un vestido corto de terciopelo rojo con los bordes adornados con pelo blanco a modo Papá Noel y la cabeza cubierta con una capucha del mismo estilo. La seguía David, vestido con un abrigo negro largo. Alice miró al exterior, había empezado a nevar. Cerró la puerta y se volvió hacia los visitantes, que iban cargados de bolsas, advirtió.

-¿Qué hacéis aquí? ¿No deberíais estar con vuestra familia celebrando el año nuevo? – Preguntó Alice sorprendida.

-Ya lo hemos celebrado, ¡ahora vamos a hacerlo contigo! – Dijo Judith alegre.

-¿¡Eh!? Pero…

Mientras, David se había quitado el abrigo y lo había colgado en la percha. Debajo, llevaba una camisa blanca y una corbata azul. Alice nunca lo había visto vestido tan formalmente.

Judith, cogió las bolsas que David había dejado en el suelo y salió corriendo en dirección a la biblioteca.

-¿A dónde va esa? – Preguntó Alice a David.

-Anda, vamos – Respondió él sonriendo.

Cuando entraron a la biblioteca, Judith había mudado lo que había encima de la mesa a la mesilla del teléfono que había en un rincón y en su lugar, había un mantel blanco con motivos navideños y un plato de golosinas. Judith seguía sacando cosas de las bolsas y colocándolas encima de la mesa: Copas, botellas con bebidas de colores, un plato lleno de uvas, servilletas rojas, velas… etc. Y por si fuera poco, estaba colocando espumillones de colores por todas partes.

-¿¡Pero qué haces!? – Exclamó Alice sin que nadie le hiciera caso.

David encendió la tele y ayudó a Judith a colocar cosas.

-¡Vamos, corre! - Dijo Judith invitando a Alice a que se sentara en el sofá.

 Alice fue hacia allí y miró la tele. Había una imagen de un reloj a punto de dar las doce. No entendía nada, ¡Si ya era año nuevo!

-¡Pero si ya han dado las uvas! – Dijo Alice mientras se sentaba al lado de Judith.

-¡Pero quedan las de Canarias! – Judith rió y le tendió un racimo de uvas.

Enseguida empezaron a sonar las campanadas y Alice empezó a comer uvas, pero iban tan rápido que no le daba tiempo a tragar. Cuando terminaron, Judith miró a Alice.

-¡Feliz año nue…! – Y al ver a Alice con la boca llena de uvas y cara de compromiso, se echó a reír. Depués se le unió David y más tarde Alice, cuando pudo.

Para ella estaba siendo la mejor Navidad de su vida.